El pasado fin se semana mi amiga Mila volvió a Ibiza. Mila viene cada tantos meses y hace ya mucho que tiene su propio espacio en casa. Es de esas visitas no-visitas, no hay que explicarle nada y a los cinco minutos de llegar es como si no se hubiese ido nunca. Toda la family nos ponemos muy contentos de verla por muchas razones, una de ellas es que nos arrastra a sus lugares preferidos de la isla. Lugares que a nosotros también nos encantan, pero que vaya usted a saber por qué sólo visitamos cuando Mila viene de no-visita. 

Durante el verano, uno de esos lugares es Cala Comte.  Opina que no son vacaciones si no acabas al menos una tarde con un mojito en la mano y contemplando la puesta de sol desde la terracita del Sunset Ashram. Este viaje (puente de Tots Sants), sin embargo, teníamos otros planes, ya sabéis…tortillita en el Can Cosmi de Santa Agnés, cafelito y paseito por el Mercadillo el sábado en Las Dalias, hierbas en Ca n’Agneta de Sant Carles. Vamos, interior, interior e interior. El caso es que que el viernes, después de comer, el viento pareció amainar y nos dimos cuenta de que, de ninguna manera, podíamos acabar el día sin ver la puesta de sol en el mar. Le dimos dos vueltas, no creais, barajando opciones…y, de repente, como no podía ser de otro modo, pensamos en Cala Comte. 

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Vamos, no tenía ni idea del ambientillo que se crea allí. Las fotos no lo reflejan pero encontramos gente volando comentas, niños jugando, parejas y familias paseando e incluso uno de los restaurantes, s’Illa d’es Bosc, permanece abierto.