Cuando era pequeña me aburría. Ya no. No es por lo que estáis pensando. Por favor. Es porque tengo lo mismo que todos vosotros. Mis hijos tampoco se aburren, nunca. Dentro de poco la palabra aburrirse, así en reflexivo, desaparecerá de los diccionarios. Otras cosa es aburrir a alguien. Eso nunca pasa de moda. Pero aburrirse sí, ya no se lleva.  No, mientras haya un wifi cerca o el 4G esté activo en el portátil, el móvil o la tablet.

No temáis, no voy a hacer apología del aburrimiento, al fin y al cabo aburrirse es un coñazo enorme. A mí no me parece mal que nadie se aburra ya.

No aburrirse es un poco como recuperar el Paraíso perdido. Distintos filósofos coinciden en  apuntar que Adán y Eva dejaron de aburrirse cuando los expulsaron del Paraíso. A partir se ese momento, hubo que buscarse la vida.

Buscarse la vida ayuda a no aburrirse. Pero cansa.  Cansa más que mirar una pantalla llena de vidas de otros. Por cierto, que hacer que los otros tengas vidas que mirar es todo un trabajo. Que también cansa. Pero ahí hay que echar el resto y ser generosos. Debemos corresponder. Y lo mejor es hacerlo móvil en mano, en la playa, en la mesa, en el restaurante, en la trinchera…

Sacad vuestras conclusiones. Pero si todavía tenéis dudas echad una ojeada a las ilustraciones de Jean Jullien sobre el tema. Sí, el de la icónica imagen de la Torre Eiffel convertida en símbolo de la paz tras los atentados de Paris. Jullien dice que mejor aburrirse que acabar con la oreja blanca, un balazo en el brazo o o una cena sin tocar…

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Pero tampoco hay que ser radical, ni malrollero. Que no mola. Basta con aburrirse un poco. Desconectar sólo unas horas. O unos días. Apaga el movil. Ahí fuera hace mucho calor. Es agosto. Y esto es Ibiza.

#welcometothebeach

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