El noventa por ciento de los que estáis leyendo este post, os levantastéis el domingo pasado con un cielo azul de escándalo, una temperatura que superaba los 15 grados y una velocidad del viento que ni siguiera llegaba a ténue brisa. Era uno de esos brutales días de veravierno (acrónimo inventado de verano+invierno) que en Ibiza se dan cada poco y que en esta época del año alcanzan verdadera perfección. 

marc

Esos días uno no puede quedarse en casa. Hay que salir. Necesariamente. De manera imprescindible y urgente. Da igual que esté la colada por hacer, la casa por barrer y la nevera por llenar. De pronto, todo lo que no sea atender ese fabuloso día pasa a un segundo y baladí plano.

Eso fue lo que nos pasó a nosotros el domingo pasado. Guíados por la fuerza irrefrenable del intenso, increible e indecente azul del cielo nos tiramos a la calle, sin más intención que paladear esa mañana de escándalo. Era tarde y a las dos teníamos que recoger a alguien en Sant Antoni de Pormany, así que nos dirigimos a una de las playas del municipio. Casi en volandas, Marc cogio nuestra nueva caña de pescar (aún no hemos conseguido pescar nada, pero no desistimos) mientras salíamos de casa a toda prisa y pensé por el camino acercarnos hasta Punta Galera, siglos hacía que no iba. Pero no estaba segura del camino y decidí cambiar e ir a Cala Salada. Tampoco hubo suerte. La policía había cerrado el paso a la cala por no se qué evento deportivo. No nos rendimos. Cogimos la otra carretera (sin señalizar) y nos lanzamos camino abajo y a la buena de Dios.

-A algún sitio llegaremos, deciamos.

-Mira, mira…agua!.

Por fin, llegamos al final del camino. Otro coche aparcado nos indicó que habiamos llegado a buen puerto. Bajamos, andamos unos metros y encontramos…esto:

agua tamaño 

foto galera 

-Woooooow, mamaaaa, mira!! Menudo pedazo de cala hemos encontrado!! Le tendremos que poner un nombre. Será nuestra cala, decían. 

Como de costumbre acabamos pasando de pescar. Estábamos demasiado ocupados mirando el horizonte, el mar, una medusa perdida y alimentando con polvorones un pequeño banco de peces. Demasiado ocupados viendo formas en las rocas y desubriendo nuestra nueva cala. 

guille

Sólo cuando nos ibamos, les señalé la pared que no habían visto al llegar. Nuestra cala no era otra que Punta Galera. La cala especial hasta la que nos había llevado el día. Uno de esos días mágicos de veravierno, esa rara estación del año que se vive en las Pitiüses entre diciembre y febrero y que sólo se manifiesta algunos días concretos como el pasado domingo!!